Isabel Escudero
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Cuando hace poco una amiga fue contactada por una agencia de publicidad, que le pedía permiso para utilizar unas imágenes suyas, grabadas en una asamblea general en la Puerta del Sol, en un «próximo anuncio de una conocida marca de refrescos», todas dimos un respingo preocupadas. Que se usara la acampada, el gesto anticapitalista espontáneo más digno que vieron las plazas en tanto tiempo, para promocionar el consumo (navideño, para mayor dolor) de la bebida que, simbólicamente al menos, resume para muchas todas las agresiones que nos infligen diariamente en este simulacro de vida que televisan, daba un poco de asco y bastante miedo. Y lo peor es que no era la primera vez que esto sucedía desde el 15 de mayo de 2011.
Un artículo en la prensa sobre el ensayo La conquista de lo cool vino a arrojar un poco de luz sobre esto, tomando como ejemplo la apropiación del lenguaje y el estilo de la contracultura por parte de las agencias de publicidad en la década de los sesenta. El artículo citaba el siniestro y revelador lema de la campaña de un fabricante de automóviles en 1964: «Quizás el problema seamos nosotros, que no entendemos cómo funciona el sistema». Y vaya si lo entendían: la furgoneta para hippies vendió millones de unidades y se convirtió en un icono más de aquella época, de aquellas luchas.
Así, era de esperar que al despertar colectivo que tuvo lugar alrededor del último 15 de mayo le ocurriera algo comparable. Sin embargo, parece evidente que, previa a cualquier intento de cancelación, apropiación o fagocitación, es necesaria una identificación. Y es ahí, en ese proceso de identificación, en ese mecanismo que dota de identidad a algo que antes no la tenía, donde se mueven, algo precariamente, las ideas comunes que a este texto llegan desde conversaciones con gente despierta.
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Me cuenta otra amiga, lectora de Judith Butler, que un tal Althusser reflexionó también y mejor sobre la identidad. Para Althusser, la identidad se puede producir por interpelación. Lo explicaba con un ejemplo: por la calle, un policía se dirige a alguien (—¡Oiga, usted!) que al oír la llamada se vuelve y, al volverse, se convierte al instante en el sujeto de la llamada y adquiere una cierta identidad (comprada además «al precio de la culpa», añade Butler). Es también Butler quien concluye que «el acto de reconocimiento se convierte en un acto de constitución: la llamada trae al sujeto a la existencia».
Sin embargo, en los días posteriores a las cargas policiales que cerraron la manifestación del 15 de mayo, las gentes que confluyeron en Sol no necesitaron que ningún policía las llamase para sentirse interpeladas por lo que estaba ocurriendo. Esos días, fueron bajando a la plaza y se pensaron parte de algo sin nombre, sin rostro y sin apenas identidad. Ese marasmo de acciones y sonrisas en que se convirtió la plaza durante aquellos días atrajo magnéticamente a la gente, al tiempo que tenía lugar un esfuerzo denodado por evitar la identificación, la amenaza de la identidad.
Desde el minuto uno, no faltó quien propuso cristalizar lo que estaba pasando en un logotipo, en un color. Y, desde ese mismo instante, una inteligencia colectiva hasta entonces inaudita se empeñó en renunciar a los símbolos concretos, como si todo el mundo allí intuyera el peligro que sobre sus cabezas se cernía. Además, no era necesaria una identidad para sentirse interpelada por la llamada de las acampadas, porque lo que se ponía en primer plano eran los problemas, las disfunciones evidentes de la forma en que disponen nuestras vidas quienes deciden sobre ellas. Gran parte de la potencia de aquel momento reside justamente en que la interpelación produjo un reconocimiento, un acto de constitución que nos trajo a la existencia, pero no (o no del todo, no inmediatamente) una identidad.
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Esto de no tener identidad, en sí, puede ya ser visto como algo bastante revolucionario para los tiempos que corren. Enternece recordar los sudores de la prensa nacional y sus bríos por colocar en lugar visible una etiqueta, la que fuera, a lo que estaba ocurriendo en las plazas. Sin esa etiqueta no había noticia, no había historia. En efecto, frente a la multiplicidad creativa, frente a la voluntad expansiva de intervención, frente a la recobrada defensa de lo común, se personó en la plaza el policía de Althusser con una unidad móvil de televisión y gritó —¡Eh! ¡Oigan ustedes! Y alguna gente se giró.
Al principio fueron las menos, pero la trampa funcionó de a poco, aprovechando también que todo el mundo lleva un madero althusseriano dentro. Una noticia de periódico en que se dice «no sabemos lo que pasa en la plaza» es mucho más incómoda de leer que otra que habla de las pulgas que supuestamente infestan las carpas de la Puerta del Sol, por ejemplo. Progresivamente, más personas se giraban sintiéndose interpeladas por la llamada y, al mismo tiempo, otras tantas recobraban el confort de lo conocido y zanjaban la cuestión identitaria con un —Ah, la gente de la plaza entonces no está de mi lado. Y se iban quedando en casa.
Cabe recordar también que hubo quien escribió en un cartón algo así como «De Sol a los libros de historia». Sin saberlo, este afán de hacer historia desemboca en lo mismo: lo que es historia ya no es, carece de posibilidades y está, en cierto modo, fijo y muerto para siempre.
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Simultáneamente, y desde el principio, hubo otra llamada poderosa hacia la identificación: el recurrente argumento de formar un partido político y jugar según las reglas establecidas para ellos. Este, más retorcido todavía en boca de quienes venían de modificar la ley electoral para dificultar que los partidos incipientes obtuvieran representación, era sin embargo más fácil de desactivar.
Como bien comprendió un sagaz columnista y tertuliano de Intereconomía reconvertido recientemente en ministro, las gentes en las plazas tan solo accedían a definirse en forma negativa. No eran partidistas, no eran sindicalistas, no eran violentos, pero sobre todo no eran, y no querían ser, políticos profesionales. Como en parte reconoce el señor ministro, ser político hoy día es de lo peor que le puede pasar a una persona decente, gracias a esa reputación ganada a pulso diariamente en desfalcos, desvíos, arrimes y recalificaciones. Eso sí, insiste machacón, los ‘indignados’, que monten un partido y dejen ya de molestar. Que se identifiquen. Y a otra cosa.
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De este modo, propaga un razonamiento envenenado y paralizador: la evidencia de que esta democracia es «el menos malo de los sistemas» concebibles (y por tanto el mejor) sería justamente que en las estanterías de la botica política puede haber, hay de todo. Pero, bien mirado, tal vez el hecho de que todo el espectro político pueda estar representado en los estantes de lo permitido solo reforzaría y afianzaría la idea de que el juego es justo, que el sistema funciona. Que el dominio y la opresión del 1% que todo lo tiene sobre el resto que apenas respiramos es el menor de los males a los que podemos aspirar.
La supuesta identidad que con tanto esfuerzo han querido imponer a eso que, inaprensible y resbaladizo, nació en torno al 15 de mayo de 2011 funcionaría así como un asa, un mango que permite agarrar la totalidad difusa, inclasificable y por ello problemática de este despertar de las personas. Una jaula de metal para manejarlo y colocarlo al fin en el lugar que le corresponde y lo desactiva: en esa galería de museo que enuncia y justifica para siempre que todo está ya inventado y que lo mejor que hemos encontrado es este vivir a medio gas, esta angustia de la flexibilidad, esta dependencia gris. Este andar por casa sin quitarnos el abrigo [1].
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Pero no. Hay algo que diferencia a esta rebeldía compartida de las que la preceden en los últimos años: es su capacidad de sorpresa, precisamente. El bendito asombro (esa otra droga que nos mantiene alerta frente a la codeína continuamente inoculada en nuestras venas) la protege frente al rayo petrificador de la identificación. El juego consiste tal vez en estar siempre en otro sitio, de otra forma, cuando nadie lo espera. Negar sin nombrar, sobre todo sin nombrarse. Investigar a fondo una idea, pero manteniéndola siempre nueva, escurridiza, imposible de atrapar. Asumir con alegría esta dificultad, que se añade a lo que ya era en sí enormemente complicado, porque situaciones extraordinarias (y va quedando claro que esta lo es) requieren métodos extraordinarios [2]. Sonreír, respirar. Darle la espalda al policía que a voces llama. Que venga a buscarnos: no estaremos ya aquí.
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[1] De Un día los ojos se mirarán y no habrá juicios ni faltas, un poema de J.M. Gómez Valero.
[2] Versión libre del “estándar Sagan”.
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Este texto fue publicado también en Madrilonia.

